Los vigilantes de las comunidades de propietarios han tenido que modificar radicalmente su día a día: mayor desinfección, distancia de seguridad de dos metros, no almacenar paquetería y hacer recados a los vecinos más vulnerables

Cuando a las ocho de la tarde se abren de par en par los balcones y las manos se juntan en un chasquido que truena una oda a la vida, en el imaginario de los ciudadanos se erige una secuencia de imágenes: las batas blancas y los «pijamas» verdes de los sanitarios, el chaleco reflectante del policía, el colorido uniforme del cajero del supermercado de turno e incluso el pertrecho azul del autobusero que nos transporta. Pero es posible que no haya tenido espacio en su mente para una pieza fundamental en el transcurrir diario de millones de personas, más ahora que vivimos una crisis y emergencia sanitaria sin parangón: los porteros o conserjes.

Ellos, en la primera línea de contención para que los residentes eviten su exposición al coronavirus, hacen del miedo una fuente de energía, porque, a su modo, también están salvando vidas. Para poner en contexto el trabajo que realizan desde este gremio, hay que tener en cuenta que el 80% de los ciudadanos residen en comunidades de propietarios, según datos del Colegio Profesional de Administradores de Fincas de Madrid (CAFMadrid). Además, el Real Decreto Ley promulgado por el Gobierno catalogó de «esencial» las tareas de limpieza, mantenimiento, reparación de averías y vigilancia, actividades que son realizadas por conserjes y porteros.

La administración de fincas se presenta como una actividad básica para garantizar que la población permanece en sus hogares mientras dura el estado de alarma, prorrogado, como mínimo, hasta el 26 de abril. Sin embargo, estos trabajadores, tanto de grandes urbanizaciones como de edificios individuales, han visto cómo su actividad se ha modificado radicalmente para desempeñar su ocupación con la mayor seguridad posible. Ahora todo apunta a la prevención. «Me han proporcionado los guantes y el gel hidro-alcohólico para lavarme las manos. La mascarilla nos han dicho que la iban a traer, pero he tenido que conseguir una, porque hay mucha escasez puesto que en las farmacias no hay», asegura a ABC Juan Carlos Pelayo, conserje de una urbanización próxima a la carretera A-2, en el distrito de San Blas-Canillejas.

La conversación con este trabajador discurre a dos metros de distancia, pues ha establecido una valla que delimita el espacio que se debe guardar para estar fuera de la zona de peligro. La distancia de seguridad es su mejor escudo. «Ya no me acerco a los vecinos ni ellos a mí. Si quieren avisarme de algo, me llaman al teléfono de la portería, ya no vienen aquí. Tampoco recogemos ya paquetería ni gestionamos las llaves», detalla este trabajador de 43 años, que se ha prestado voluntariamente a desinfectar, en sus días de libranza, las zonas comunes de los trece portales que forman la finca. Las actuaciones de estos trabajadores, balsámicas para cuantiosas vecindades, vienen marcadas por unas pautas y, sobre todo, por el sentido común. «Mantenemos firmemente el protocolo de higiene», señala César, portero de una finca del barrio de Hispanoamérica. «Desinfecto todos los elementos que los vecinos puedan tocar», añade Ramón García, que lleva viviendo 23 años en la portería de un edificio de la calle Nicaragua, en Chamartín.

Miles de estos «guardianes» conviven diariamente, muchas veces sin saberlo, con el temor a ser atrapados por la Covid-19. Por ello, un día sin un nuevo caso en un vecindario es una batalla ganada. «Siempre hay miedo de contagiarnos porque estamos muy expuestos. Nos cruzamos con mucha gente a lo largo del día e incluso entre los propios compañeros, la garita hay que desinfectarla cada vez que cambiamos de turno», relata Juan Carlos. En este sentido apunta Benito (nombre ficticio por confidencialidad), a él ya le ha mirado de frente el coronavirus. «Tengo mucho miedo a contagiarme, hay dos compañeros que están ingresados», reconoce el empleado de una finca cercana a Plaza de Castilla, que desinfecta diariamente las puertas, los tiradores e incluso los paquetes que ellos sí reciben, además de mantener siempre la garita cerrada.

Proteger a los mayores

Lo cierto es que la mayoría de los residentes de las comunidades de vecinos están cumpliendo a rajatabla el confinamiento decretado. «Al ser una finca grande, normalmente hay mucho movimiento y ahora mismo no hay nada. Calculo que se ha reducido el trasiego de vecinos en un 90%», apostilla César.

Y, de hecho, el miedo generalizado no impide que estos «héroes de la garita», como los apodan varios vecinos, sean durante estos días los ángeles de la guarda de muchas personas de avanzada edad. «Hago numerosos recados, sobre todo a la gente mayor: ir a la farmacia, al supermercado… Todo lo necesario para que la gente mayor no salga. Creo que esto hace mucho para que, hasta el día de hoy, no haya habido ningún contagio en la finca», desvela Ramón.

Los entrevistados coinciden en que, pese a que realizar su trabajo durante estos días está siendo «complicado», la recompensa de mantener a raya al virus es gratificante. «El otro día me paró la Policía cuando acudía a comprar para comprobar que estaba justificado mi movimiento, cuando vieron que iba a adquirir productos al supermercado para los vecinos de mayor riesgo me felicitaron por la labor que estaba haciendo», recuerda Ramón.

Despejar las zonas comunes

Con el estado de alarma decretado, la libertad de movimiento ha quedado restringida para evitar que continúe la propagación del coronavirus, que está afectando gravemente a la salud de los españoles, con especial incidencia en la Comunidad de Madrid, donde ya ha dejado un saldo de más de 6.200 fallecidos.

En este contexto, las autoridades exigen que no se salga de casa nada más que para lo necesario. Pero, al parecer, no son pocos los ciudadanos residentes en urbanizaciones que ignoran que las zonas comunes han sido clausuradas para evitar la aglomeración de personas y, de este modo, tratar de frenar los contagios. Otras personas, directamente, incumplen la normativa. «He tenido que llamar la atención a algunos vecinos por permanecer en espacios comunes. Algunos se han bajado con los niños a dar una vuelta y está prohibido. Otros hacen ejercicio subiendo y bajando las escaleras de los portales (cinco pisos) y tampoco se puede», sostiene Juan Carlos. Algo que ocurre, por desgracia, en varias fincas. «En el ático hay una terraza, se detectó que la gente subía a reunirse y se cerró de inmediato», destapa Benito. «Hay una persona que le está costando trabajo quedarse en casa. Se baja con los hijos al garaje y se ponen a jugar con el patín. Ha venido hasta la Policía», zanja César.

Entre las múltiples tareas de estos asalariados está la de luchar contra la irresponsabilidad de algunos ciudadanos, aunque, como cuantifican, «siempre son una minoría». Sea como fuere, la crisis sanitaria ha puesto de manifiesto la importancia de la figura del portero, esos «héroes de la garita», obsoleta en algunas zonas, pero indudablemente vital en otras.